¿Se imaginan que pueda haber quien prefiera almorzar un plato de alfalfa a un cocido? ¿Y que exista quien elija comer soja en vez de un jamón serrano de la mejor calidad? ¿Y que haya personas que dediquen más de tres horas diarias a la confección de su dieta y gasten cantidades desorbitadas de dinero en productos ecológicos y herbolarios? Las hay y en España han comenzado a aparecer los primeros casos de ortorexia, una nueva patología que, como la anorexia, la vigorexia o la bulimia, se engloba dentro de los llamados trastornos alimentarios. Quienes padecen dicha enfermedad –una especie de obsesión compulsiva por la comida sana- son capaces de pasarse días enteros sin comer o dejar de asistir a casa de amigos y familiares con tal de no probar alimentos que ellos consideran nocivos. Y es que el ortoréxico sólo come productos naturales (ecológicos), puros y dietéticos. Frutas y verduras han de ser cortadas de manera específica y deben ser cocinadas en recipientes elaborados con materiales determinados. Los ortoréxicos, cuando enferman, desprecian los medicamentos y recurren, en una especie de viaje en el túnel del tiempo o de vuelta a la caverna, a remedios naturales.

Sufrir de ortorexia es un drama. Drama que se ve incrementado cuando nuestras muy progres y prohibicionistas autoridades se pasan el día atacando, con la colaboración de los inevitables docentes, periodistas e “inteletuales”, todo aquello que consideran malo para nuestra salud, al tiempo que pretenden imponernos qué debemos hacer y qué no; qué debemos comer y qué no. Menos mal que, según Carmen Calvo, que debería leer el “mundo feliz” de Huxley, la libertad sexual es la libertad más importante. Que si no estos pesoes se nos meterían hasta en la cama. La persecución contra todo lo considerado “impuro” promovida desde el pesebre de lo público (¿cuál es el I.M.C. que exigen ahora a las niñas para desfilar en Cibeles?), no hace más que convencer al enfermo de que tiene razón. Comer un cocido no puede ser sano. Tiene grasa. Y, si el cocinero es especialmente malvado, hasta chorizo-puag. La soja, en cambio y aunque todas esas propiedades que el imaginario le achaca no hayan sido demostradas científicamente, un manjar. Una pera normal es una porquería porque ha sido tratada con pesticidas. Las peras ecológicas, que cuestan tres ó cuatro veces más caras –vaya negocio-, son más sanas. Se olvidan quienes esto piensan que los pesticidas han erradicado numerosas enfermedades. Según dictan la progresía y la estupidez, una hamburguesa –en realidad lechuga, pan, carne, tomate, mayonesa, ketchup y pepinillos, es decir, un alimento en principio bastante más equilibrado que, por ejemplo, los muy franceses y grasientos croissants que, sin embargo, no son criminalizados por los enemigos del libre mercado- es una comida que te puede matar casi al instante. Y venga. Y dale. Y vuelta. Y vamos. Y ponemos a caer de un burro a Burguer King por lanzar al mercado una hamburguesa gigante y grasienta. Y queremos prohibir los anuncios. Y prohibir. Y prohibir. Y creamos estereotipos. Y prohibir. Y prohibir. Y nos pasamos el día dando la matraca contra los alimentos transgénicos. Contra los conservantes. Contra los pesticidas. Contra el DDT pese a ser recomendado por una OMS que no ha pedido perdón por los millones de muertos –la gran mayoría en países subdesarrollados- provocados por la prohibición que contra dicho pesticida impuso la progresía hace unas décadas. Contra el Whopper. Contra el Big Mac. Y regular. Contra la pizza. E intervenir. No podemos comer por ti. Pero bien que nos gustaría.

Y yo me pregunto: con la ortorexia, señora prohibicionista-moralista Salgado, ¿qué hacemos?

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