Si son ustedes de los que ingenuamente piensan que la contienda electoral dará comienzo el próximo 22 de febrero están más que equivocados. Llevamos casi cuatro años inmersos en la que, sin duda, ha sido la más costosa campaña electoral de nuestra joven democracia. Gran parte de ella, por cierto, sufragada en forma de anuncios del “Gobierno de España” con dinero público, a razón de cien millones de las antiguas pesetas por día. Claro que en el PP también hay quien no se queda nada corto en esto del dispendio: Alberto Ruiz-Gallardón, según se ha conocido recientemente, debe a varios empresarios la friolera de un millón de euros por servicios contratados, al margen de Génova 13, durante la campaña de las elecciones municipales. Es la época pre-electoral, cuando los nervios cunden en las sedes de los partidos políticos y el derroche se hace más visible que nunca, una época que deberían perdonarnos a cuantos sufrimos viendo cómo el político de turno nos toma por tontos haciendo promesas que sabemos que jamás se cumplirán –Manuel Chaves, presidente desde tiempo inmemorial de la comunidad autónoma andaluza, se lleva la palma en esto- o contemplando carísimas vallas publicitarias con la foto del rejuvenecido candidato previamente pasado por el “Photoshop”.

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