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Son unos frescos que nos han saqueado hasta llevarnos a la ruina política, moral y económica. Unos parásitos que se aprovecharon de la buena fe y las ansias de tranquilidad, libertad y paz de los españoles para eludir abrir, después de la muerte del dictador contra el cual ahora dicen luchar, un proceso constituyente. La por el régimen sacralizada Transición [al parlamentarismo] se hizo por acuerdo de camarillas cuyos miembros, en muchos casos, provenían del régimen. Casi nunca se cuenta que el PSOE, 100 años de honradez… y 40 de vacaciones, apenas tenía militantes y que cientos de personas hasta meses antes afectas a la dictadura ingresaron en sus filas. Es lo que Vizcaíno Casas, si pueden lean “Las autonosuyas”, qué clarividencia, llamó “De camisa vieja a chaqueta nueva”.

La Transición, digamos la verdad, se hizo de espaldas al pueblo. Pintureros reivindican, sin percatarse de la confesión implícita, los “Pactos de la Moncloa”, que es el nombre dado a la instauración del consenso socialdemócrata o Estado de los partidos cuyo fin primordial era mantener secuestrada la libertad política, y, por tanto, la democracia. Son jetas caciquiles y despóticos, la chabacana Celia Villalobos y su “vamos, Manolo” es el perfecto retrato de esta casta parasitaria, que desde entonces no han dejado de expoliar a las clases medias y beneficiar a sus amiguetes y conmilitones. Son los que prometían el “todo gratis” y que han destrozado la educación, convirtiendo las escuelas en parques de atracciones de los cuales salen chicos sin opinión crítica, ni capacidad para tenerla. Son los del asesinato de miles, cientos de miles, de mentes infantiles en nombre del igualitarismo. Los de la infantilización de la sociedad española. Son también los responsables, gran “logro” de los “Pactos de la Moncloa”, de que en España haya 17 “republiquetas” manirrotas que compiten por ver cómo empobrecen a mayor velocidad a sus súbditos.

Son, en definitiva, el producto de la corrupción inevitable del Estado de partidos al cual se viajó, ya digo que de espaldas al pueblo, en los ochenta. Secuestrada la libertad política sólo es cuestión de tiempo que el resto de libertades fueran viéndose restringidas. ZP, el peor presidente de España de las últimas décadas, no es más que la consecuencia de la llamada Constitución de 1978. Es el hijo del régimen que se apresta a apuñalar al padre.

En el momento actual, cuando sucede lo inevitable y el hambre se cierne amenazador en forma de paro y falta de esperanza sobre la población, cuando se trata de recoger lo sembrado en las últimas tres décadas, son cada vez más los ciudadanos que empiezan a intuir que el rey (y toda su Corte) está desnudo. En pelota picada. Todo ha sido, comienzan a sospechar, una gran mentira. La mentira del Estado del bienestar.

Y es justo ahora, en plena crisis política, cuando surge, como sucede en toda crisis, la oportunidad desaprovechada en 1978. La oportunidad de traer la democracia a España. De liquidar un sistema profundamente corrupto. De entregar el gobierno al pueblo. De abrir un proceso constituyente que nos permita dotarnos de una Constitución, de una verdadera Constitución y no de una carta otorgada, que garantice la vida, libertad y seguridad de las personas. Todo lo que el Estado español (expresión que se populariza con Franco y que adoptan la izquierda y los nacionalismos) ya no garantiza.

Evidentemente, el PSOE y los nacionalismos, que son los partidos genuinamente representantes de este régimen parlamentario (aunque tanto el PP –lástima que el outsider Aznar se entregara- como UPyD también son partidos del sistema), y hasta el Jefe del Estado, quien cuando firmó la Ley de Memoria Histórica firmó, qué aberración, su propia ilegitimidad de origen, van a tratar de impedir que la libertad llegue a nuestra nación. Van a luchar por mantener sus taifas. Sus privilegios feudales. Su casta política. Su régimen corrupto. Su fiesta, piensan, que la paguen los plebeyos.

Si la sociedad civil no reacciona de una vez, se saldrán con la suya. Y los responsables del desastre no sólo se irán de rositas, sino que seguirán mangoneando el patio de Monipodio en que han convertido España, o lo que queda de ella. De nosotros depende.


Artículo publicado originalmente en Diario Siglo XXI



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