Parece que Alfredo Pérez Rubalcaba será candidato a la Presidencia del Gobierno en marzo de 2012 para, si todo sigue su curso, perder frente a Mariano Rajoy, quien intentará, y posiblemente lo logrará, conseguir la mayoría absoluta que le garantice no depender de nadie en su primera legislatura. De lo que se haga bajo su mandato dependerá el futuro económico y político de España.

A primera vista tiene la cosa pinta de que Rubalcaba, a quien ya se ha acercado por motivos de supervivencia José Blanco, hubiera vencido a Chacón y Zapatero. No es así. El actual inquilino de Moncloa permanecerá al frente de la todopoderosa Secretaría General del PSOE, verdadero órgano de poder de la formación que fundara Pablo Iglesias. Así, será él quien elaborará las listas electorales. ¿Cabe mayor control? La guerra será a muerte.

A esto hay que sumar que ZP se ha salido con la suya en otro punto, sin duda vital: nada de elecciones generales hasta marzo. Su intención es terminar con el proyecto político que comenzó en 2004: la sustitución del régimen socialdemócrata de 1978 por su propio régimen. El del Pacto del Tinell que pasa por la expulsión de la vida pública de la media España representada por el Partido Popular y la inclusión en la misma de los terroristas de ETA. La secesión de Cataluña y el País Vasco podría ser una realidad a medio plazo. De hecho, en estos próximos meses es posible que los acontecimientos se precipiten. Llegados a ese punto, que nadie espere un gesto de Zarzuela. Allí saben lo que se cuece y prefieren mirar hacia otra parte. En el recuerdo, Alfonso XIII y el complejo de quien cree firmemente, no sin razón al ser el PSOE el heredero sociológico del franquismo (que también fue un régimen monárquico), izquierda es quien mantiene la institución.

Sin embargo, entre la consecución del nuevo régimen (el de Zapatero y Roures) y la liquidación del antiguo (el de González, Rubalcaba, PRISA y hasta el PP) hay un factor que podría dejar la situación en un stand by de consecuencias impredecibles: la crisis económica. Sin ella el PSOE no sólo no hubiera perdido las municipales y autonómicas de hace unos días, sino que volvería a ganar las elecciones generales en 2012.

La crisis política y moral, origen de la económica, está, al fin y al cabo, muy relacionada con décadas de estatismo incrustado en las mentes de los españoles a través del sistema educativo (también del franquista) y de los medios de comunicación. La izquierda, como magníficamente describiera Jean François Revel, ha ganado la batalla de las ideas: la mayoría, embrutecida por la ceguera ideológica, valora las buenas intenciones de los utópicos por encima de sus nefastos resultados. Máximo exponente de ello son las acampadas organizadas por, entre otras organizaciones, ATTAC: manifestaciones de indignados por los resultados obtenidos como consecuencia del fracaso de la política de izquierdas, en un país gobernado por la izquierda, en las que los manifestantes piden… más política de izquierdas. Locura colectivista.

Si no fuera por el inevitable fracaso económico de la socialdemocracia el proyecto totalitario del PSOE podría triunfar. Por más que Rubalcaba, cuando ya oteaba el batacazo y el negro futuro de su partido, se empeñara en intentar frenar la legalización de Bildu, que lo hizo.

Tengo para mí que quien ha perdido este fin de semana la batalla es el PSOE, que cada día parece más abocado a fragmentarse hasta casi desaparecer. El 22 de mayo perdió el verdadero poder que sustenta a los grandes partidos. Y es que los municipios suponen alimento a golpe de carnet partidista para miles de bocas; bocas que ahora, después de décadas viviendo del erario público, parecen condenadas a engrosar las filas de los parados de larga duración. El canibalismo va a ser una broma de mal gusto al lado de las peleas intestinas que desangrarán al PSOE por los pocos cargos –y sueldos- aún disponibles. Después de ellos caerán UGT y CC.OO., los defensores del mussoliniano sistema de negociación colectiva, principal causa del paro. Serán sustituidos por sindicatos independientes.

Rubalcaba, símbolo del fracaso de renovación de un proyecto político que ha tenido que recuperar figuras del pasado, no podrá impedir la hecatombe.

Anuncios