“De la ausencia de libertad política nada se oye en las algaradas de indignados, convertidos ya en vanguardia de los movimientos de extrema izquierda”

Ríos de tinta han corrido estos días comentando las listas electorales presentadas por PP y PSOE de cara a los comicios del mes que viene. A la cabeza del asunto la vuelta a la política nacional de Alberto Ruiz-Gallardón, a quien la mayoría de analistas colocan después del 20 de noviembre en un ministerio.
¿Por qué no en el puesto de florero que ahora ocupa su amigo José Bono? Inclusión del alcalde más endeudado en las listas como número 4 que supone, dicen, la derrota política de una Esperanza Aguirre cuya relación con Mariano Rajoy jamás se recompuso completamente después del agitado congreso de Valencia. Poca sorpresa ha causado, sin embargo, la exclusión del diplomático Gustavo de Arístegui, tan enfrentado al delfín marianista de la mochila, Jorge Moragas. Está claro que Rajoy ha premiado a los suyos, lo cual era de esperar. Se habla también de la vuelta a la política de Cristina Narbona y del puesto que ocupa en las listas Elena Valenciano, directora de una campaña electoral que está resultando desastrosa para las huestes socialistas, que ven cómo la distancia en las encuestas con respecto a los populares se amplía día a día.

En realidad, quién vaya en las listas, cerradas y bloqueadas, carece de interés. El debate que debería estar sobre la mesa es la falta de representación, al fin y a la postre de libertad política, que sufrimos en España. ¿Qué más da que Gallardón vaya de 4 o Elena Valenciano detrás de Pérez Rubalcaba si los ciudadanos no podemos elegir directamente a nuestro gobierno? ¿Y qué importancia tiene ir a votar a estos señores o a otros si el pueblo carece de herramientas para poder destituir al político corrupto o manifiestamente incompetente? Piensen en el impeachment contra Bill Clinton después de que mintiera acerca de su relación con la entonces becaria Mónica Lewinski: aquí en España mienten en sede parlamentaria –y fuera de ella- sin sonrojo alguno y no pasa nada. Piensen en un presidente que ha llevado a España a la ruina política y económica después de prometer el pleno empleo. Piensen en esos políticos que incumplen sistemáticamente el contrato firmado con los ciudadanos en forma de programa electoral. Es más… ¿para qué mantener 350 escaños –el PP quiere reducirlos a 300 mientras que IU y UPyD proponen aumentarlos a 400- si bastaría (a la estafa de dudosa constitucionalidad ellos lo llaman “disciplina de partido”) con que los actuales números 1 de las candidaturas tuvieran en las Cortes voto ponderado en función del resultado electoral?

Pues bien, de todo lo expuesto, de la ausencia de libertad política, nada se oye en las algaradas de indignados, convertidos ya en vanguardia de los movimientos de extrema izquierda. Y es que el 15-M carece proyecto político. Sus anticapitalistas e infantiles propuestas y lemas, más simples imposible, parecen salidos de la pluma del escolar de alguna clase de primaria, sección LOGSE.

Lo del 15-M más que movimiento social (o sea, político) es una terapia de grupo de quienes confunden libertad con libertinaje y asamblearismo con “Sálvame”. ¡Menudo panorama!

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