“La ideología que propugna el feminismo, acaso la más coherente y por ende peligrosa de todas cuantas ideologías han venido a sustituir al fracasado socialismo, considera la sexualidad una construcción cultural y no un dato biológico.”

Se ha conocido esta semana que la Junta de Andalucía, 30,93% de tasa de paro, ha ordenado a los funcionarios que dejen de utilizar términos como “españoles” o “andaluces” porque los considera sexistas. Bibiana Aído se hizo conocida con aquello de las “miembras”. El gobierno deJosé Luis Rodríguez Zapatero se planteó cambiar el tradicional padre y madre que figura en las partidas civiles de nacimiento por el abracadabrante progenitor A y progenitor B. El choteo, por supuesto, estaba servido. Sin embargo, la relación entre pensamiento y lenguaje resulta esencial en todo proceso de construcción personal. De ahí que para los amigos de la ingeniería social resulta vital la heideggeriana deconstrucción del lenguaje. Algo así como “no dejes que el lenguaje te estropee una buena utopía”. Por eso todas estas propuestas del feminismo que la mayoría se toma a cachondeo no son la broma de mal gusto o la ocurrencia al azar que parecen.

La ideología que propugna el feminismo, acaso la más coherente y por ende peligrosa de todas cuantas ideologías han venido a sustituir al fracasado socialismo, considera la sexualidad una construcción cultural y no un dato biológico, fisiológico. Las relaciones sexuales serían para nuestras feministas patrias, relaciones de poder y, por tanto, políticas.

La sexualidad se sustituyó en 1995, después de la Conferencia de Pekín a la que asistieron las socialistas españolas encabezadas por Cristina Alberdi, por la “perspectiva de género”, mencionada por primera vez en 1951 por el psicólogo de la Universidad John Hopkins de Baltimore (USA) John Money. Éste sostenía que el sexo era un dato cultural y que por lo tanto se podía educar a un niño nacido hombre a ser mujer y viceversa. La idea la haría posteriormente suya el psicoanalista Robert Stoller (“Sex and Gender”), que elaboraría conceptualmente el término. Sus aberrantes experimentos con niños en Estados Unidos fueron un completo fracaso. En realidad ambos hacían suya la idea de Simone de Beauvoir de que la mujer no nace, sino se hace. Kate Millet («lo que llamamos conducta sexual es el fruto de un aprendizaje que comienza con la temprana socialización del individuo y queda reforzado por las experiencias del adulto»)” fue quien años después iría más allá introduciendo la tesis, que sería recogida por Michael Foucault, de que las relaciones sexuales son relaciones de poder, políticas. En España las feministas, representadas estos años atrás por María Teresa Fernández de la Vega, y lideradas por las filósofas Celia Amorós y Amelia Valcárcel, han introducido en todos los ámbitos de la sociedad la destrucción del sexo y su sustitución por el género.

En realidad este feminismo, que sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos, radicalmente igualitarista, es un feminismo antifemenino. Y su utopía antihumana la narrada por Aldous Huxley en “Un mundo feliz”.

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