“La legitimidad del sillón de alcalde de Ana Botella es la ilegitimidad de todo el sistema, en el que no existe representación.”

Vaya por Dios. Ahora resulta que Alberto Ruiz-Gallardón no podía dejar la alcaldía de la capital pese a que media España era consciente de la ambición del que fuera Secretario General de la Alianza Popular de Manuel Fraga. O que Ana Botella no puede ser alcaldesa de Madrid porque a ella, número dos en la lista cerrada y bloqueada del Partido Popular, no la ha votado directamente el pueblo como mandamasa.
Jaime Lissavetzkyocomosediga
afirmó el día de toma de posesión de la madrileña que una cosa es la legalidad y otra la legitimidad. Pues bien, la legitimidad del sillón de alcalde de Ana Botella es la ilegitimidad de todo el sistema, en el que no existe representación. Ningún alcalde ha sido elegido directamente por el pueblo. A Botella la han elegido como alcaldesa los mismos que eligieron en su día al ahora Ministro de Justicia: los ediles madrileños. Y es que en España los ciudadanos no elegimos ni a nuestro Presidente del Gobierno, que es elegido por los diputados, ni a nuestros alcaldes, ni a casi nadie. Pese a las apariencias, que ésta vez parece no han podido ocultar la realidad. Y de ahí el mosqueo del personal que empieza a intuir que tal vez el problema sea más serio que la nefasta Ley Electoral que algunos, pretendiendo arrimar el ascua a su sardina electoral, quieren cambiar.

Resulta también que un tal José Blanco, azote de corrutos que negó la presunción de inocencia a sospechosos, acusados, imputados y hasta nombrados en un sumario por el mero hecho de ser estos del PP, va a ser investigado por el Tribunal Supremo al encontrar la juez del “caso Campeón” serios indicios de presunto trinque en los encuentros en la tercera fase del entonces ministro con el empresario Dorribo en una gasolinera. Lo más normal del mundo eso de que los ministros se junten con empresarios delante del surtidor de gasóleo, aducía Blanco. Lleno, por favor, se pitorrean desde que se conociera el escándalo los ciudadanos. Dicen que José Blanco, alias Pepiño, “(“no hay caso ni lo habrá”) está psicológicamente hundido. Pero, oigan, ahí sigue, agarrado al escaño como una lapa. Es evidente que por pura coherencia personal debería asumir sus responsabilidades políticas, las mismas que él exigía a los demás, e irse a su casa. Según su propia teoría, carece de legitimidad al menos moral para seguir ocupando un escaño.

Y luego está lo de Urdangarín, cuya imputación judicial se conocía ayer. La familia real, símbolo de unidad familiar gracias al “Hola” y a los cortesanos de los minutos y minutos de aplauso facilón, se ha roto. Por un lado andan el heredero del trono y su ambiciosa esposa y por otro las Infantas y la Reina. El Rey, verdadero objetivo de la operación, parece ha resistido el envite y no abdicará. De momento, que cuentan en la Villa y Corte que podrían estallar nuevos escándalos en un momento en que la imagen popular de la Monarquía –y eso incluye a todos, menudo error de cálculo- está seriamente dañada.

Es lo que le faltaba a Mariano Rajoy, a quien José Luis Rodríguez Zapatero ha dejado el campo sembrado de minas.

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