“El resentimiento que tan magníficamente describiera Ludwig von Mises en sus raíces psicológicas del antiliberalismo es lo que mueve a estos muchachos, incapaces de entender el funcionamiento de las sociedades libres.”

Que el 15-M ha degenerado, si es que acaso tuvo alguna vez posibilidad de convertirse en otra cosa, en un movimiento protagonizado por minorías de extrema izquierda es de sobra conocido. Recuerden las agresiones de las que fueron víctimas los jóvenes peregrinos de la Jornada Mundial de la Juventud, alguno de ellos incluso discapacitado, el pasado mes de agosto. O la chulería con la que esa misma marabunta allanó plazas y parques, instalándose en ellas durante semanas, violando la propiedad pública y perjudicando gravísimamente el comercio de la zona. Una bravata consentida por el gobierno, entonces dirigido por José Luis Rodríguez Zapatero, siempre tan complaciente con todo grupo violento. Como bravata fue la decisión de okupar, mientras la entonces delegada del gobierno en Madrid miraba hacia otro lado, propiedades privadas, que fueron saqueadas.

Perdidos el protagonismo y la capacidad de convocatoria, ya no engañan a casi nadie, las algaradas protagonizadas por estos grupitos marginales son cada vez más pueriles. La penúltima ocurrencia ha sido la intentona de entrar sin pagar en el Metro de Madrid mientras coreaban consignas tan infantiles como “que lo pague Urdangarín”. El resentimiento que tan magníficamente describiera Ludwig von Mises en sus raíces psicológicas del antiliberalismo es lo que mueve a estos muchachos, incapaces de entender el funcionamiento de las sociedades libres.

Vayamos al lema: “yo no pago”. Parece ser que estos jóvenes, que se niegan a aceptar responsabilidad alguna por sus actos y creen que aquello que se les antoja lo pueden tomar por la fuerza bruta, consideran que pueden decidir cuándo pagar por los servicios recibidos y cuándo no. ¿Que les disgusta la subida de tarifas del transporte público (otra discusión es si debería existir o ser subvencionado) o una campaña publicitaria o, sencillamente, la sociedad en la que viven? Pues ellos, que son los más chulos, en un cutre remedo de “la ley soy yo”, deciden que no pagan. Y quedan para saltarse los tornos. Si la policía carga contra ellos se ponen a gimotear y a acusar a quien hace cumplir la ley de “violencia policial”.

Los medios de comunicación, siempre tan serviles ante quienes están dispuestos a pisotear la propiedad privada siempre que no sea la suya los llama indignados. Empero, resulta que indignados estamos casi todos contra un Estado Minotauro que ya no garantiza absolutamente nada y contra unos gobiernos ineptos que, de la mano de la fracasada socialdemocracia, nos han llevado a dónde estamos y de donde no parecen querer sacarnos si ello supone tener que renunciar a sus privilegios de casta.

Claro que, si se nos ocurriera aplicar el “yo no pago” a, por ejemplo, las subvenciones a sindicatos, patronal y partidos, o al IRPF que el gobierno ha decidido subir hasta niveles confiscatorios, seguro que esos mismos medios no nos reirían la gracia. Y el caso es que sería mucho más legítimo que la barbarie de esos grupúsculos que tanto gustan a la progresía de izquierdas y derechas.

Anuncios