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“En el fondo piensan igual, pero al revés, que aquellos a quienes denuncian. Jean François Revel les explicaría que el liberalismo no es el socialismo pero al revés”

Digamos en primer lugar que Toni Cantó ha rectificado sus irresponsables declaraciones, basadas en datos inventados. Digamos también que la intolerable violencia ejercida sobre él como consecuencia de sus palabras, en forma de amenazas o deseo incluso de muerte por empalamiento, es justo esa misma violencia que quien la perpetra dice combatir.

Empero, su tweet afirmando que “la mayor parte de las denuncias por violencia de género son falsas”, seguidas y defendidas por algunos hombres y mujeres en las redes sociales, son paradigmáticas en cuanto al resultado obtenido después de décadas de sumergir a la sociedad española una ideología que sustituye la lucha de clases por la lucha de sexos y que no es más que una bioideología en la que buena parte de la izquierda encontró refugio después de la caída del Muro de Berlín. Ideología que confunde la imprescindible igualdad ante la ley con la ingeniería social de la igualdad mediante la ley.

Así, nos encontramos con que la injusta y cruel frase pronunciada por Toni Cantó, que viene a decir que la mayoría de mujeres que denuncian malos tratos son unas mentirosas y unas interesadas (el estereotipo machista de toda la vida), no se corresponde con la realidad, según confirman policía, CGPJ y el gobierno. Enfrente no hay más argumentos que “yo conozco a alguien que”, “un amigo abogado me dice” o “yo sé que”, reduciendo el pequeño espacio vital que a cada uno de nosotros corresponde a verdad incontestable.

Dejemos de lado, aunque es significativo y debe ser motivo de reflexión, que la mayor parte de las mujeres que sufren maltrato (hasta el 80% de ellas según datos facilitados por el gobierno) no presentan denuncia. Es cierto e innegable, por otra parte, que existen denuncias falsas. A veces, las menos, por maldad y deseo de revancha, que la naturaleza humana es la que es. Otras, en busca de ayudas sociales (a veces incluso en connivencia con el acusado), debido a que una condena por violencia de género supone automáticamente ser perceptor de ayudas a las que no se puede acceder por otra vía, empezando sin ir más lejos por la exención del pago de las injustas tasas judiciales de Gallardón y acabando con viviendas de protección oficial en tiempos de bonanza. Y otras, y esto nunca se cuenta, porque el propio sistema jurídico empuja a ello, debido a que las denuncias por maltrato tienen preferencia en los atestados servicios psicosociales (un invento burocrático más para colocar a amiguetes) de los ineficientes juzgados o que una separación se puede sustanciar en semanas denunciando falsamente mientras que por la vía civil hay juzgados que están tardando hasta 18 meses en dictar medidas cautelares previas. También es cierto que hay jueces y fiscales que han caído en esta trampa y exigen a la mujer maltratada, excuso decirles si el maltrato es psicológico, material probatorio imposible de reunir. Un pan como unas tortas. Y la mujer que sufre la violencia, desamparada.

Sucede que parte de la sociedad se está rebelando contra esa ideología de forma errada: haciendo suya esa falaz lucha de sexos. En el fondo piensan igual, pero al revés, que aquellos a quienes denuncian. Jean François Revel les explicaría que el liberalismo no es el socialismo pero al revés.

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