“El demagogo golpista de Hugo Chávez, como buen socialista, prometió a los desheredados el paraíso en la tierra”

El mundo asiste estos días, entre atónito y asqueado, a las imágenes, teñidas de sangre joven, que llegan a través de las redes sociales desde Venezuela. La clase dirigente calla o se mantiene en posiciones tibias. Es lo que tienen el petróleo y el capitalismo de Estado, que no es capitalismo ni economía de mercado, sino trapicheo entre oligarcas. En una sociedad realmente capitalista, como señalaba la filósofa y escritora rusa Ayn Rand, “las relaciones humanas son voluntarias” y “los hombres libres de cooperar entre ellos o no, de negociar entre ellos o no según se lo dicten sus propios juicios, convicciones e intereses individuales”. Algo que, evidentemente, no se da en el hiperregulado mundo occidental.

Reflexionábamos hace unos días en Ya es Domingo de Radio Inter acerca de cómo es posible que un individuo como Nicolás Maduro haya podido llegar a presidente, máxime con un programa neocastrista, vista la terrorífica experiencia que aún padece el pueblo cubano. Políticas neomarxistas que se han extendido también a Ecuador, Bolivia y Argentina. Y que empiezan a aparecer, de la mano de socialistas como Pablo Iglesias o Cayo Lara, significativo su silencio mientras los sicarios de Maduro asesinan estudiantes a tiros en las calles de Venezuela, en España. Pues bien, resulta que en Venezuela hubo una democracia anterior a la española que, por falta de representación y división de poderes –la corrupción del Poder Judicial está quedando de manifiesto ante el mundo estos días: Ralenis Tovar se llama la juez que ha ordenado la detención de los opositores Leopoldo López y Carlos Vecchio-, acabó destruida por la corrupción de las oligarquías.

Los grandes partidos tradicionales, tantos lazos unieron en su día a Felipe González con Carlos Andrés Pérez, acabaron gobernando en contra de los ciudadanos, que veían cómo las clases medias desaparecían, la inseguridad ciudadana se hacía con el control de las calles y llegaban el hambre y la miseria, mientras los políticos vivían, en pleno paraíso petrolífero, a cuerpo de rey. Por otra parte, el espectro ideológico en el que se movían dichos partidos –de COPEI a Acción democrática- fue virando cada día más hacia la socialdemocracia. El liberalismo en Venezuela, sencillamente, fue aniquilado. Las elecciones consistían en un concurso de promesas de grandes dádivas con dinero ajeno. Clientelismo en estado puro.

Fue así que un demagogo golpista, Hugo Chávez, de quien no hay que olvidar su faceta como militar, clave de su ascenso al poder, consiguió ganarse a la mayoría de las clases bajas y de las depauperadas clases medias, con un programa netamente socialista, que, como buen programa socialista, prometía a los desheredados el paraíso en la tierra. Fallecido el tirano del “exprópiese”, y después de una pelea entre Diosdado Cabello y Nicolás Maduro que aún persiste, acabó éste último, un borrico con ínfulas, haciéndose con el poder.

La realidad para los venezolanos, que han despertado y resisten, fue muy diferente a la que les prometiera el gorila rojo. Siempre es muy diferente. Pero la ceguera ideológica y el caudillismo causan estragos entre el pueblo cuando éste está desesperado. En España la desafección de los ciudadanos hacia los políticos –apenas 73.000 personas siguieron la clase de matemáticas impartida por Rajoy en el Debate sobre el Estado de la Nación- sigue en aumento, mientras que todas las formaciones políticas han desplazado ya su posición ideológica hacia la socialdemocracia. Esperemos que no aparezca un Hugo Chávez. Porque la naturaleza humana es la misma; aquí y en Venezuela.

Publicado originalmente en La Gaceta

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