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Ayer Bruselas, ciudad del “buenismo” y la burocracia por excelencia, fue sacudida por las bombas del fanatismo. Bombas y suicidas que estallaron en el aeropuerto y el metro, intentando causar el mayor daño posible. Pronto, la capital de Bélgica, un país en el que no se puede detener a criminales por la noche, y no se califica como terroristas a los asesinos de ETA, quedó sumida en un verdadero estado de sitio. El transporte público, trenes, metro, autobuses y aviones, dejaron de funcionar. Así que tuvieron que ser los taxis los que llevaran gratuitamente a las víctimas. (Sigue leyendo en Vozpópuli...)