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Hoy larazon.es publica una prepublicación del libro que he escrito junto a Jorge Vilches (Editorial Deusto) y que sale mañana, 17 de enero, a la venta. Aquí os la dejo

prepublicacion

Aquí os dejo el texto:

Contra la socialdemocracia

Una defensa de la libertad
¿Qué hace un liberal como tú en una socialdemocracia como esta?
Almudena Negro Konrad | Jorge Vilches
Deusto, Barcelona. Publicación el 17 de enero.

El estatismo salió robustecido en 1945, como indicó entonces Hayek, y se estableció el consenso socialdemócrata: los socialistas occidentales aceptaron la democracia a cambio de una economía mixta, en la que coexistieran la propiedad privada (con función social), y el control público de la actividad económica a través de la planificación, contando con los “agentes sociales”; en especial, las asociaciones obreras. El Estado, que había asumido la dirección de todos los aspectos vitales en la primera mitad del siglo XX con motivo de las dos guerras, también se convirtió en el protagonista de la reconstrucción. Fue el “pacto social-democrático de posguerra” del que habló Ralf Dahrendorf.

Cada país adaptó sus características políticas y sociales, como explicó Esping-Andersen, para crear un modelo propio. Sin embargo, todos tenían un tronco común. Se sostenían en la creencia de que la economía de mercado provoca la acumulación de riqueza en cada vez menos manos, lo que es incompatible, dicen, con la justicia social e impide la paz social. El Estado, afirmaban, debía intervenir para asegurar la competencia, evitar los monopolios, y garantizar una distribución equitativa de la renta. La socialdemocracia, así, rechazaba tanto el capitalismo de Estado como el mercado libre. “Tanto mercado como sea posible, pero tanta planificación como sea necesaria”, se podía leer en el programa del SPD en Bad Godesberg (1959). Además, esos Estados del Bienestar necesitaban de sindicatos fuertes vinculados con el correspondiente partido socialdemócrata. La conexión entre el mundo sindical, el partido obrero y el Estado social para formular políticas públicas era tan clara como peligrosa. En todos los modelos de Estado de Bienestar se aspiraba a cambiar la sociedad, haciéndola más igualitaria y solidaria, poniendo a disposición de amplios sectores populares aquellos servicios que mejoraran su calidad de vida. Se trataba de delegar el progreso, el protagonismo y la responsabilidad en el Estado para conseguir el confort individual.

Así se constituyó el Estado del Bienestar, fórmula socialdemócrata que hoy todos defienden, en el que se ejecutan políticas sociales tendentes a redistribuir la riqueza para “mitigar” los efectos del mercado, “corregir las desigualdades”, y promover la “justicia social”. Las políticas públicas se retroalimentan creando la necesidad y la bondad de la intervención cada vez mayor del Estado en todos los ámbitos de la vida privada y pública, y la enseñanza asegura la transmisión de los valores de esa sociedad socialdemócrata. El individuo se quita la responsabilidad de su progreso, cree que su avance depende de su contribución al bien común, y que sin beneficiar al resto o repartir el resultado de su esfuerzo con el sujeto colectivo no puede ni debe actuar. De esta manera, ser millonario comporta crítica social, pero también envidia. Ya no es el “egoísmo ilustrado” del que hablaban los economistas de finales del XVIII y comienzos del XIX, sino el confort que el Estado pueda proporcionar redistribuyendo la riqueza. Sin ese mecanismo, ese “despojo” del que hablaba Bastiat, no se entiende hoy la democracia.

Pero todos fueron, y son, ingenieros de una Nueva Sociedad comprometida con los “derechos sociales”, donde el progreso individual está subsumido en el colectivo. La democracia cristiana, aquella que Konrad Adenauer resucitó en la segunda mitad del siglo XX, se acabó convirtiendo en el ala derecha de la socialdemocracia una vez que los valores cristianos que envolvían su estatismo se fueron perdiendo. La democracia cristiana se batió ideológica y culturalmente en retirada. Y ese espacio lo ganó el progresismo, que no deja de ser un difuso izquierdismo. El cristianismo fue dejando su espacio en la mentalidad y cultura europeas primero en aras de una liberación personal, o moral, de la mano de la Nueva Izquierda, la de las décadas de 1960 y 1970, y luego el multiculturalismo. Lo cristiano fue desplazado por religiones o creencias alternativas, paganas, o místicas.

La Nueva Izquierda añadió al programa socialdemócrata el tercermundismo –el sentimiento de culpa en Occidente, convertido luego en antiglobalización-, el misticismo como religión alternativa, el pacifismo, el antiamericanismo, el feminismo revanchista y discriminatorio, y el ecologismo. Para ganar unas elecciones, como señaló Przeworski, había que ser “pluriclasista atrapalotodo”; es decir, formar parte de aquel consenso socialdemócrata. La sociedad se acostumbró a un Estado omnipresente, generador de derechos sociales, los llamados de segunda generación –salud, educación, trabajo, vivienda, seguridad social, medio ambiente…-, en el que el ciudadano era irresponsable y perdió libertad, pero se sentía confortable. La legitimidad de la democracia estaba, por tanto, en que el Estado proveyera de todos esos servicios. Era la democracia social por encima de la política, como señalaba el marxista Adler en 1926, porque en eso consistía el espíritu de la socialdemocracia, de la Nueva Sociedad con el Hombre Nuevo.

La meta –escribía T. H. Marshall- es compensar las divisiones de clase creando unas condiciones mínimas de igualdad entre todos los ciudadanos. Ha llegado la hora de los derechos sociales”. El medio era, y es, la conquista del Poder del Estado a través de la democracia política. Las políticas públicas se encaminan a reglamentar y planificar las esferas públicas y privadas, dando justificación y contenido al Estado. Es el Estado del Bienestar: solo hay Bienestar si el Estado lleva a cabo políticas públicas socialdemócratas. Los sectores nacionalizados fijos son la educación y la sanidad, que transmiten los valores que justifican las políticas públicas –solidaridad, interés colectivo, responsabilidad del Estado y no del individuo-. Los resultados son el Hombre Nuevo y la Sociedad Nueva. Es la ingeniería social en todo su esplendor. Por eso Kautsky escribía que “la socialdemocracia es un partido revolucionario, no un partido que hace la revolución”.

La socialdemocracia no ataca directamente el sistema, sino que se introduce en él a través de la democracia política y cambia al Hombre y la Sociedad a través de la legislación y la hegemonía cultural; es revolucionario porque transforma el orden social. Esa es la dirección del progreso: ir a una sociedad igualitaria y solidaria, sin las consecuencias negativas del mercado, sin riesgos ni responsabilidad individual, con un Estado protector y omnipresente. Por eso se hacen llamar “progresistas”. Gramsci tenía razón, pero coincidía con otros marxistas, como el austriaco Adler que en “Democracia política y democracia social” (1926) sentenció: “La creación del Hombre nuevo depende de la generación de una nueva mentalidad a través de la propaganda y la educación de los jóvenes”.

La hegemonía cultural era la clave para la victoria, no las barricadas o la mera lucha política. Conquistada la mentalidad del europeo, el consenso socialdemócrata se convirtió en una religión, en un modo de entender la Historia, el presente y el futuro, en una guía personal y moral del individuo. En realidad, estos socialdemócratas, como los socialistas de mediados del XIX, tomaron del cristianismo la vocación evangelizadora: transmitir la “buena nueva” a la gente para que los demás vean “la luz”. La clave era predicar. De esta manera, era obligado predicar a través del ejemplo personal y colectivo –honradez del cargo público y del partido-, la propaganda –los medios de comunicación-, y la educación –el combate por la transmisión de valores-. Era la gran superioridad moral, los “Cien años de honradez”, los virtuosos líderes proletarios frente a los corruptos explotadores burgueses y sus representantes políticos. Por eso los educadores de izquierdas se toman su profesión como una misión social: cambiar al Hombre y a la Sociedad según los valores socialistas, que muchas veces esconden tras el término “progresista”.

(…)

Hemos escrito este libro con la esperanza de desarmar el consenso socialdemócrata, que tantos problemas está creando, o al menos, quizá pecamos de ingenuos, de remover algo en la derecha. No importa la división de las izquierdas, que está en su naturaleza. Lo decisivo es que la derecha democrática, liberal, y moderna entienda que copiar el modelo socialdemócrata para competir en política social y económica con las izquierdas es una rendición, que les deja siempre en un segundo lugar, como meros visitantes en un régimen representativo.

Las izquierdas no inventaron la democracia, sino aquellas claves políticas y culturales para mantener su dominio social. La derecha dejo hacer, eliminó su identidad liberal, aceptó la superioridad moral, cultural y económica de la socialdemocracia. Calló y perdió. Ahora, en esta sociedad del espectáculo, emocional e infantil, donde el programa político es una cantinela superficial, y los candidatos responden a la efebocracia telegénica, es más urgente que nunca hacer un llamamiento liberal. Y no queríamos hacerlo solo a los dirigentes sino a todos aquellos que creen en la libertad, en sí mismos, en conceptos desterrados de nuestra educación como el mérito, el esfuerzo, la capacidad, el sacrificio; pero también en el valor de las tradiciones, las costumbres, y el civismo.

Somos conscientes de que ir contracorriente, romper el mainstream socialdemócrata, supone la exclusión social, o que lo intenten al menos, que te traten como una persona insolidaria, egoísta, y, por tanto, antisocial y repudiable. Esto sí es ser antisistema.  Solamente poniendo en cuestión el pensamiento único que destila la idolatría del Estado puesto en marcha por la hegemonía cultural de la izquierda y la rendición de la derecha, se puede ser verdaderamente libre e intentar mejorar la sociedad en la que vivimos. Es necesario, tal y como hemos ido desgranando en el libro, conocer y criticar el consenso socialdemócrata, identificarlo en el caso español sacando los defectos que nos han colocado en la difícil situación actual.

No debemos caer en los errores del economicismo, buscando la legitimidad de las fórmulas políticas en las buenas cuentas de resultados. Ser de izquierdas es defender políticas públicas motivadas por sentimientos, no por racionalidad o eficacia. Un liberal no puede ser nacionalista etnolingüístico, ni afirmar que la democracia es demagogia, ni despreciar la política, ni reducirla a números. Eso es hacer el juego a las izquierdas, porque ganarán siempre en el campo de las emociones, que es la palanca más fuerte para la movilización.

No es solo el caso español, que una óptica pacata puede confundir, sino que el efecto del consenso socialdemócrata que hemos tratado de analizar y denunciar, está extendido por toda Europa. Y ahora, por culpa de la socialdemocracia del Partido Demócrata norteamericano desde el New Deal, tiene su resultado en Estados Unidos. A diferencia del resto del continente, en nuestro país tenemos dos tipos de populismos, a cada cual más peligroso. Nos referimos al populismo nacionalista, que ya ha triunfado en Cataluña, a pesar de la resistencia heroica de algunos ciudadanos, donde se quiere imponer una república autoritaria, homogénea y artificialmente armónica. Y también al populismo socialista, que llegó de la mano de Podemos en el año 2014, heredero del zapaterismo, con una teoría del poder que los partidos tradicionales –el PP y el PSOE- no acaban de comprender ni de atajar. Mientras el partido socialista ya está podemizado en sus bases, lo que augura su desaparición, la esperanza reside en una verdadera renovación, casi revolución, al estilo thatcheriano, del partido del centro-derecha español: el PP.

Queremos polémica. Solo del debate, del cuestionamiento del pensamiento único de la socialdemocracia, pueden salir soluciones que devuelvan a los españoles la libertad secuestrada, el espíritu emprendedor, la asunción de responsabilidad y, en definitiva, una sociedad de individuos capaces de tomar el destino de sus propias vidas sin necesidad de la tutela del Estado. Y eso solo se hacer luchando contra la socialdemocracia.

 

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