¿Y tú? ¿De qué feminismo eres?

Publicado en LA RAZÓN el 8 de febrero de 2020

Corren tiempos convulsos para quienes creemos en la igualdad ante la ley de hombre y mujer; es decir, para las feministas. Después de años en que la ideología de género convirtió el feminismo en un campo de batalla entre hombres y mujeres, llegan el transfeminismo y el feminismo que las izquierdas llaman no sin parte de razón, negacionista. Ninguno de ellos tiene nada de liberal. Todo lo contrario.

La ideología de género se encuentra en el origen de todos estos colectivismos de izquierdas y derechas. Desnortada la izquierda tras la caída del Muro de Berlín, se acogió a las bioideologías (ecología, feminismo, salud…) desarrolladas en Estados Unidos en los años 70. Lidia Falcón o Amelia Valcárcel habían articulado un discurso coherente con su tiempo en torno a la mujer, que había sido discriminada bajo el franquismo. Rápidamente, aquel feminismo de corte socialista prendió en la izquierda, que poco a poco fue, en mi opinión, transmutándolo en el desvarío anticientífico y nihilista en que hoy se ha convertido. La ideología de género acepta el sexo como dato biológico que es. El género, en cambio, es para sus seguidoras un constructo social, fruto de siglos de heteropatriarcado. El género, a diferencia del sexo, sería por tanto un dato susceptible de cambio. De ahí que las feministas adoptasen como “grupos mascota” a los movimientos LGTB.

Bajo los gobiernos del “feminista” Rodríguez Zapatero, quien se definió como “feminista”, se radicalizó el discurso. Guadalupe Sánchez Baena, autora de “Populismo punitivo: Un análisis acerca de los peligros de aupar la voluntad popular por encima de leyes e instituciones” (Deusto, 2020), acaba de formular una interesante denuncia acerca de la ideologización identitaria del Derecho Penal de aquella época y que sigue hoy vigente. Fue con ZP cuando comenzaron a aparecer intentos de cambiar el marco cognitivo de los españoles, como el “lenguaje inclusivo” por el cual Irene Montero se autocalificaba como “portavoza” de Podemos o Bibiana Aído hablaba de “miembras”. Nada de esto, que nos parece tan divertido, es casual.

La ideología de género ha sido imbuida en los jóvenes a través de la enseñanza, los medios de comunicación y el mundo de la cultura. Es decir, a través de la hegemonía cultural de la izquierda. Todo ello sin que la derecha liberal hiciera nada por evitarlo. A cambio, la derecha más conservadora, asumió este colectivismo como propio. Fueron muchas las mujeres de centro derecha que se sumaron al movimiento-manifiesto del 8 de marzo de 2018, de corte marxista, hoy reivindicado y puesto como ejemplo internacional por la extrema izquierda. Unas pocas ya dijimos por aquél entonces, que las mujeres no nacemos víctimas.

El transfeminismo, como ya hemos contado en LA RAZÓN, es un movimiento anticientífico que niega que sexo o género sean un dato biológico, pudiendo así la persona cambiar de sexo (y de edad) tantas veces como quiera a lo largo de su vida. Es lo que defienden Podemos y, sorprendentemente, Ciudadanos. Se trata de la ideología más radical, ya que acaba permitiendo, como se ha visto en movimientos europeos, la pederastia. Algo que denuncian, con toda la razón, las ideólogas de género y cualquiera que tenga sentido común. Claman en el desierto: en las izquierdas históricamente siempre se ha impuesto el movimiento más radical. Y no nos encontramos ante una excepción.

Por otra parte, desde el conservadurismo populista se ha ido articulando estos años un discurso de confrontación con la ideología de género que entra de lleno en la lucha de sexos. Se trata de un discurso antiliberal, que, como el de izquierdas, colectiviza a hombres y mujeres. Me refiero a ese presunto feminismo, en ocasiones soez pero siempre facilón, que niega la violencia sobre la mujer (que existe y tiene su propia especificidad), usando como justificación que también hay hombres maltratados (por supuesto que los hay) y denuncias falsas (por supuesto que las hay y deben perseguirse duramente). Se trata de un conservadurismo que diagnostica los errores cometidos por la ideología de género, pero no ofrece soluciones realistas y adecuadas al siglo XXI.  Son esas personas que, para que me entiendan, si les digo que han maltratado a una mujer, responden casi en automático que también hay hombres maltratados. Pero que si les digo que han violado a una mujer, no me contestan que también hay hombres que son violados. Y los hay. Pero no usan tal crimen como justificación del anterior. Porque en la violación no han entrado en la lucha de sexos. Cuando la cosa no va de colectivos, sino de personas. La bondad o la maldad no tienen sexo, género, edad, raza o religión.

El problema fundamental de este feminismo, que la ideología de género llama negacionista, es que no comprende la ideología de género, ni la política. Por eso ha caído en la lucha de sexos que pretendían postmarxistas como Shulamit Firestone.  Es la otra cara de la misma moneda; el discurso que hace el juego al colectivismo y a la izquierda. Cuidado con él.

Como señalara en su día la profesora María Blanco, autora de “Afrodita desenmascarada” (Deusto, 2017), “las políticas llamadas ‘de género’ hacen dependientes a las mujeres”. Blanco no niega la existencia de la violencia sobre las mujeres, pero critica la solución que se da en forma de paternalismo estatal.  “La igualdad comienza por la igualdad ante la ley, sin privilegios”, señala. Con toda la razón. Ese es el feminismo liberal. El que defiende que cada mujer lidere su vida como quiera, viva como quiera, sin imposiciones, pero también sin cuotas. Sin discriminación, ni positiva ni negativa. Un feminismo que no colectiviza a la mujer y respeta sus decisiones. Un feminismo que detesta por igual la Formación del Espíritu Nacional como la Educación para la Ciudadanía. En definitiva, un feminismo que tiene validez tanto en España como en Irán.

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