¿Y tú? ¿De qué feminismo eres?

Publicado en LA RAZÓN el 8 de febrero de 2020

Corren tiempos convulsos para quienes creemos en la igualdad ante la ley de hombre y mujer; es decir, para las feministas. Después de años en que la ideología de género convirtió el feminismo en un campo de batalla entre hombres y mujeres, llegan el transfeminismo y el feminismo que las izquierdas llaman no sin parte de razón, negacionista. Ninguno de ellos tiene nada de liberal. Todo lo contrario.

La ideología de género se encuentra en el origen de todos estos colectivismos de izquierdas y derechas. Desnortada la izquierda tras la caída del Muro de Berlín, se acogió a las bioideologías (ecología, feminismo, salud…) desarrolladas en Estados Unidos en los años 70. Lidia Falcón o Amelia Valcárcel habían articulado un discurso coherente con su tiempo en torno a la mujer, que había sido discriminada bajo el franquismo. Rápidamente, aquel feminismo de corte socialista prendió en la izquierda, que poco a poco fue, en mi opinión, transmutándolo en el desvarío anticientífico y nihilista en que hoy se ha convertido. La ideología de género acepta el sexo como dato biológico que es. El género, en cambio, es para sus seguidoras un constructo social, fruto de siglos de heteropatriarcado. El género, a diferencia del sexo, sería por tanto un dato susceptible de cambio. De ahí que las feministas adoptasen como “grupos mascota” a los movimientos LGTB.

Bajo los gobiernos del “feminista” Rodríguez Zapatero, quien se definió como “feminista”, se radicalizó el discurso. Guadalupe Sánchez Baena, autora de “Populismo punitivo: Un análisis acerca de los peligros de aupar la voluntad popular por encima de leyes e instituciones” (Deusto, 2020), acaba de formular una interesante denuncia acerca de la ideologización identitaria del Derecho Penal de aquella época y que sigue hoy vigente. Fue con ZP cuando comenzaron a aparecer intentos de cambiar el marco cognitivo de los españoles, como el “lenguaje inclusivo” por el cual Irene Montero se autocalificaba como “portavoza” de Podemos o Bibiana Aído hablaba de “miembras”. Nada de esto, que nos parece tan divertido, es casual.

La ideología de género ha sido imbuida en los jóvenes a través de la enseñanza, los medios de comunicación y el mundo de la cultura. Es decir, a través de la hegemonía cultural de la izquierda. Todo ello sin que la derecha liberal hiciera nada por evitarlo. A cambio, la derecha más conservadora, asumió este colectivismo como propio. Fueron muchas las mujeres de centro derecha que se sumaron al movimiento-manifiesto del 8 de marzo de 2018, de corte marxista, hoy reivindicado y puesto como ejemplo internacional por la extrema izquierda. Unas pocas ya dijimos por aquél entonces, que las mujeres no nacemos víctimas.

El transfeminismo, como ya hemos contado en LA RAZÓN, es un movimiento anticientífico que niega que sexo o género sean un dato biológico, pudiendo así la persona cambiar de sexo (y de edad) tantas veces como quiera a lo largo de su vida. Es lo que defienden Podemos y, sorprendentemente, Ciudadanos. Se trata de la ideología más radical, ya que acaba permitiendo, como se ha visto en movimientos europeos, la pederastia. Algo que denuncian, con toda la razón, las ideólogas de género y cualquiera que tenga sentido común. Claman en el desierto: en las izquierdas históricamente siempre se ha impuesto el movimiento más radical. Y no nos encontramos ante una excepción.

Por otra parte, desde el conservadurismo populista se ha ido articulando estos años un discurso de confrontación con la ideología de género que entra de lleno en la lucha de sexos. Se trata de un discurso antiliberal, que, como el de izquierdas, colectiviza a hombres y mujeres. Me refiero a ese presunto feminismo, en ocasiones soez pero siempre facilón, que niega la violencia sobre la mujer (que existe y tiene su propia especificidad), usando como justificación que también hay hombres maltratados (por supuesto que los hay) y denuncias falsas (por supuesto que las hay y deben perseguirse duramente). Se trata de un conservadurismo que diagnostica los errores cometidos por la ideología de género, pero no ofrece soluciones realistas y adecuadas al siglo XXI.  Son esas personas que, para que me entiendan, si les digo que han maltratado a una mujer, responden casi en automático que también hay hombres maltratados. Pero que si les digo que han violado a una mujer, no me contestan que también hay hombres que son violados. Y los hay. Pero no usan tal crimen como justificación del anterior. Porque en la violación no han entrado en la lucha de sexos. Cuando la cosa no va de colectivos, sino de personas. La bondad o la maldad no tienen sexo, género, edad, raza o religión.

El problema fundamental de este feminismo, que la ideología de género llama negacionista, es que no comprende la ideología de género, ni la política. Por eso ha caído en la lucha de sexos que pretendían postmarxistas como Shulamit Firestone.  Es la otra cara de la misma moneda; el discurso que hace el juego al colectivismo y a la izquierda. Cuidado con él.

Como señalara en su día la profesora María Blanco, autora de “Afrodita desenmascarada” (Deusto, 2017), “las políticas llamadas ‘de género’ hacen dependientes a las mujeres”. Blanco no niega la existencia de la violencia sobre las mujeres, pero critica la solución que se da en forma de paternalismo estatal.  “La igualdad comienza por la igualdad ante la ley, sin privilegios”, señala. Con toda la razón. Ese es el feminismo liberal. El que defiende que cada mujer lidere su vida como quiera, viva como quiera, sin imposiciones, pero también sin cuotas. Sin discriminación, ni positiva ni negativa. Un feminismo que no colectiviza a la mujer y respeta sus decisiones. Un feminismo que detesta por igual la Formación del Espíritu Nacional como la Educación para la Ciudadanía. En definitiva, un feminismo que tiene validez tanto en España como en Irán.

El movimiento trans rompe con el feminismo.

Publicado en Vozpópuli el 29.12.2018

Las espadas están en todo lo alto. De un lado, significativas líderes del movimiento feminista como Lidia Falcón, Nuria Varela, Anna Prats o Amelia Valcárcel. Del otro, asociaciones vinculadas a Izquierda Unida y a Podemos, que acusan a las feministas socialistas de toda la vida de ser “tránsfobas” por oponerse a la ley de transexualidad que Podemos quiere presentar en el Congreso de los Diputados. Tal es la bronca que se ha montado, que IU podría expulsar al marxista Partido Feminista de su seno. El PSOE, que ha tomado partido por las feministas conscientes de que son un caladero de votos mucho mayor que el movimiento trans, se frota las manos.

En opinión de las feministas, el movimiento LGTBIQ+ se está volviendo contra la mujer. Así, Falcón, presidenta del Partido Feminista, considera que se está “enmascarando el lenguaje para hacer desaparecer las categorías marxianas y en vez de denominarnos mujeres y hombres, según la única clasificación antropológica que puede utilizarse, éramos sujetos indefinidos”. Sostiene el feminismo que los movimientos LGTBIQ+, al negar el sexo como dato biológico y considerar que es un constructo social, líquido y cambiante, están negando toda la teoría feminista tradicional, basada en la diferencia entre sexo (dato biológico) y género (constructo social fruto de siglos de heteropatriarcado).  Si el sexo no existe, como sostienen los activistas queer, no habría más que infinitos géneros, que pueden cambiar constantemente. No hay hombre ni mujer. Y por tanto, no es difícil concluir que, para el feminismo socialista, el movimiento trans niega el heteropatriarcado. De ahí que consideren dicho movimiento como contrario a la lucha de la mujer. Falcón, con razón biológica, niega el carácter científico de la “religión” queer. Desde el Partido Feminista denuncian el “falso progresismo” de una nueva “inqueersición”, cuyo objetivo, sostienen, es acallar al feminismo. Tachan a sus opositores de “machistas y reaccionarios”.

En el mismo sentido, la filósofa Sendón de León, sostiene que el “generismo” es una cuestión privada puesto que los sentimientos no son categoría política, mientras que la lucha de las mujeres sería cuestión colectiva, y, por tanto, pública (y política). El problema, reconoce, reside en que el propio feminismo ha usado la palabra “género” hasta despojarla de sentido, convirtiendo así a la mujer, señala, en un “concepto vacío”. “Pero lo más absurdo”, continúa la doctora en Filosofía, “es que parte del feminismo haya acogido a todo el LGTBIQ+ como su hijo bienamado, cuando a ellos las feministas les importamos un bledo”. De todo habrá.

Desde el otro lado del ring, Miram Solá considera que “el sujeto político del feminismo ‘mujeres’ se nos ha quedado pequeño, es excluyente por sí mismo”. El movimiento trans considera que el feminismo estaría tomando una “deriva identitaria que esconde un nuevo esencialismo que imposibilita las alianzas”. Acusan, así, al feminismo, de tener una “concepción victimista de la opresión como privilegio individual”. Algo que se ha plasmado en el denominado “Manifiesto para la insurrección transfeminista”. Por supuesto, desde algunas plataformas no faltan los insultos de “negacionistas”, “transmisóginos” y “transexclusión”. O TERF, en referencia a un movimiento feminista de los años 70 del pasado siglo, que pretendía diferenciarse del feminismo transinclusivo.  Para la diputada de Podemos en la Asamblea de Madrid, Beatriz Gimeno, el discurso feminista, al que acusa de cosificar y deshumanizar al colectivo trans, “revela muchas coincidencias con la manera en que se construyen los discursos racistas o xenófobos”.

En el fondo, la batalla, que promete recrudecerse en el futuro con la irrupción del feminismo del 99 por cien y las teorías ecologistas del decrecimiento económico, gira en torno a la maternidad subrogada. Las feministas se oponen ferozmente a ésta por considerar que no es más que la comercialización del cuerpo de la mujer, los trans los apoyan como vía para ser padres. También gira la bronca alrededor del debate acerca de la prostitución, sin ser posible el diálogo, roto hace años, entre abolicionistas y partidarios de la regulación.

En realidad, ambos planteamientos adolecen del necesario reconocimiento de la individualidad, al pretender subsumir a las personas en un colectivo, imponiendo una visión ideológica que divide a las personas en buenos y malos. Es más de lo mismo. ¿De verdad no es posible um feminismo que no entre en la dialéctica marxista amigo-enemigo, para reivindicar la igualdad ante (y no mediante) la Ley?

Telemadrid o la anomalía democrática de la izquierda y el sindicalismo.

Publicado en LA RAZÓN el 12.12.2018

Las últimas elecciones sindicales en Radio Televisión Madrid, empresa pública que integra a Telemadrid y Onda Madrid, se celebraron en  noviembre de 2011.  Desde el grupo popular en el parlamento madrileño llevamos desde el inicio del periodo de sesiones solicitando a CCOO, UGT y CGT la inmediata llamada a las urnas de los trabajadores.  Se niegan. Como se negaron cuando el Sindicato Independiente, creado en 2014, lanzó el pertinente preaviso exigiendo comicios.

Lo hacen amparándose en la legislación, que solo permite la convocatoria electoral a los sindicatos representativos (CCOO y UGT), a los que ya tienen representación previa (CCOO, UGT y CGT) o a petición de la mitad más uno de los empleados de la empresa. Esto último, después de lo que no pocos de los redactores vivieran en 2013 terribles episodios de amedrentamiento a manos de sindicalistas, es poco menos que una broma de mal gusto.

Así pues, Telemadrid lleva 8 años sin elecciones sindicales. Y así podrían estar, si de sindicatos y de la izquierda dependiera, 32 años más. Acaso por eso de equipararse en tiempo y forma a los sindicatos verticales del franquismo y al régimen autoritario mismo. Quién sabe.

Casi tan grave como la falta de legitimación democrática del extinto comité de empresa (vertical), es la justificación que en la Asamblea de Madrid hacen PSOE, Podemos y Más Madrid de la sustracción de la libertad de elección sindical.

El pasado martes, asistimos al espectáculo de ver a la izquierda en la Comisión de Control felicitándose por la gestión de los gobiernos del PP, con tal de que no se pongan las urnas. Los populistas se amparaban en el pasado y en su imaginario para justificar su postura, llegando el diputado Martínez Abarca a acusar al PP de actuar “como Gabriel Rufián”; el PSOE, aún más beligerante, invocando la posibilidad de recoger firmas, se niega a la convocatoria electoral. Una convocatoria que ganarían, con toda probabilidad, los mismos sindicatos de izquierdas. Entonces, ¿a qué viene esta negativa?

Por un lado, los sindicatos hablan en sus asambleas de no convocar elecciones hasta la “reversión del ERE”. Esto es, hasta que hayan colado, por la puerta de delante o de de atrás, como dejó bien claro el diputado Jacinto Morano (Podemos) en la comisión, a los más de 800 despedidos en el dramático ERE de 2013. Algo que haría inviable económicamente la empresa pública madrileña. Pero a Podemos qué le importa. Pagan los madrileños. Y hoy ya pagan más de 73 millones anuales.

Por otra parte, en aquellos años, a Telemadrid le correspondían más de 30 delegados sindicales, a los cuales hay que sumar los liberados. En total, 47 personas cobraban de Telemadrid en aquella época por realizar labores sindicales. Algunos de estos sindicalistas, denuncian desde dentro, llevan décadas sin pisar la Ciudad de la Imagen, pero cobrando sueldos por encima de la media de los españoles. Se ha publicado que existe incluso el caso de algún liberado de UGT, al que en la cadena apodan “el ovni”, porque llega tres décadas como liberado sin pisar la empresa. Según los datos conocidos, entre delegados y liberados, habría hoy 33 personas colocadas, de las cuales, según informó el director general de la cadena en la comisión, 5 serían liberados.

Pues bien, de convocarse elecciones, al haberse reducido la plantilla, solo habría 13 o 17 delegados (dependiendo de si el número de plantilla supera o no los 500 empleados), con lo que más de la mitad tendrían que ponerse a trabajar. Sospecho que eso, junto con la probable entrada en el comité de empresa de un nuevo actor como es el Sindicato Independiente y la posible salida de UGT del mismo, son los motivos de la izquierda para negarse a convocar elecciones, pese a que CCOO o CGT se alzarían con la victoria. Como ven, todo muy democrático.

La fiesta de la izquierda la pagan, una vez más, los madrileños. Lecciones de democracia de esta gente, ni una.

VOX es la clave que los analistas no quieren ver.


36 años después los andaluces han decidido echar al PSOE de la Junta de Andalucía. Podría ser el fin del régimen. Bastaba con ver ayer las caras compungidas de los periodistas “objetivos”, “independientes”y “plurales” de Canal Sur. O de otros medios. El cachondeo, lo tienen en Twitter. Lo que estaba en juego ayer, y así lo habían planteado los propios socialistas, era justamente Canal Sur, o lo que es lo mismo, mantener las redes clientelares. Por cierto, VOX exige el cierre de las teles públicas. A ver si es verdad, que en el siglo XXI de Netflix y HBO, son más que innecesarias, salvo para colocar a amiguetes con título de periodista.

Abiertas las urnas, llegó la sorpresa demoscópica. Una sorpresa que debería de obligar a José Félix Tezanos a dimitir por haber prendido fuego a su cocina. Y al gobierno a cerrar el CIS. Aunque para quienes hemos estado pateando la campaña electoral in situ, y llevamos unas cuantas a nuestras espaldas, la sorpresa no era tanta. Lo que ha quedado de manifiesto, una vez más, es la inutilidad de los estudios demoscópicos previos y la importancia de las campañas electorales, en un momento de volatilidad del voto como nunca ha habido. Que el PP tome nota.

Se palpaba en el ambiente desde hacía días que VOX iba a entrar con fuerza, y no tanto a costa del PP. Nadie preveía, es cierto, que lo haría con doce escaños. Y es que hace unas semanas,desde la formación aseguraban no tener clara la entrada en el parlamento, pero “lo vamos a intentar”. El martes pasado, segunda semana de campaña, ya se hablaba de 3 ó 4 diputados. El jueves eran siete. Ayer a mediodía en VOX hablaban offthe record de una decena de representantes, aunque públicamente se mostraban cautos, por eso de la pelea en los restos.

El matrix mediático causa estragos y nadie pensaba que la suma PP-Cs-VOX podría desalojar al PSOE de San Telmo. Coincidía la formación de derechas sin complejos en la apreciación de su posible éxito con la de sus rivales políticos. Tanto en el PP como en Ciudadanos sabían desde hacía días que VOX entraba. El silencio mediático pone de manifiesto, por una parte, el control de los medios, por otra, la insolvencia del periodismo patrio.

Susana Díaz, convencida que mentando a VOX los andaluces votarían al PSOE para pararlos, los metió en la campaña al afirmar reiteradamente que la formación populista es un partido de “ultraderecha”, “xenófobo”, “machista”y que justifica “la violencia contra las mujeres”. Le ha salido la jugada como le salió a François Mitterand meter al Frente Nacional de Le Pen en las elecciones. Hoy en los barrios llamados obreros de París, o sea, en los barrios en que votaban a la izquierda, gana Marine. La respuesta al insulto le llegó al PSOE a vuelta de tuit de Abascal en forma de querella. Y en las urnas en forma de trasvase de votos desde PP, Cs, Podemos y PSOE… hacia VOX. Sí, de Podemos y Cs a VOX. Porque VOX se ha llevado parte de voto de esa gente decepcionada con los partidos tradicionales, convertidos en burocracias aburridas (lo del PP de Andalucía es como una siesta permanente), que había votado a la “nueva política”.  Una “nueva política” que ya es, citando a Pablo Iglesias, casta. De Villa Galapagar a Pozuelo, do mora Rivera. VOX es para muchos el partido “antisistema”, que no es lo mismo que inconstitucional, aunque Carmen Calvo no se entere.

La clave del éxito de VOX no es, como señalan los analistas que pierden el tiempo analizando el CIS, su discurso acerca de la inmigración ilegal. No. La clave es su discurso nacional. Ese “yo soy español, español, español” que ayer ensordecía a quienes estuvimos en el Hotel Ayre de Sevilla, cuartel general de los emocionados representantes de la formación. VOX crece sobre las mismas bases sobre las que crece Ciudadanos. La pelea entre ambos va a ser muy interesante. El PP, que tome nota.

Tan interesante va a ser la bronca que el cambio en Andalucía está en el aire. Medios y partidos, que en España casi siempre son lo mismo, presionan para formar un gobierno PP-Cs que cuente con la abstención del PSOE y que no levante alfombras. Todo menos los “ultras”. Se han empeñado en que ganen las elecciones. No se enteran de nada, como no se enteraron de que Trump iba a ganar. Gracias a ellos.

El PP no puede caer en eso. Ayer en Andalucía no solo se finiquitó un régimen; se liquidó el gobierno de Pedro Sánchez, quien a estas horas debe de haberse propuesto volar en Falcon hasta 2020, porque en cuanto convoque, pierde el avión.  

El PP de Pablo Casado, con razón, exige gobernar. Han quedado segundos y sería lo lógico. Abascal lo apoyará, aunque ahí quedan sus declaraciones de campaña: “Juanma, contigo no”. Exigirá el cambio de candidato. Porque VOX necesita cumplir con su electorado. Lo han aprendido de la decepción que ha causado Podemos. Lo que no me gusta de VOX, además del nacionalismo, claro, es la influencia que intuyo de algunos directores de medios, antaño con mando en la plaza de la derecha.  

Ciudadanos es la incógnita hoy. Son la derecha-centro-izquierda-liberal-socialdemocracia aseada. O sea, la derecha con complejos. No quieren ver a VOX ni en pintura. De ahí que Rivera montará a buen seguro el paripé. Pero, si me permiten arriesgar, creo que al final a los de Ciudadanos no les va a quedar más remedio que repetir el esquema de Madrid: apoyar un gobierno en minoría del PP y luego votar con PSOE y Podemos en el parlamento.

Claro que en este caso en el parlamento andaluz, estará VOX, quien no se va a cansar de denunciarlo. Desde cualquier altavoz, menos desde el de La Sexta, que tan acertadamente rechazan. Y es que no celebrar su resultado con Ferreras les da más votos que dejarse insultar en directo en televisión unos minutos.

La clave, hoy, en España, es VOX. En mayo lo será aún más. Se ve venir, como lo de Andalucía.

Sánchez contra «la gente»

Comparecía al filo del mediodía el presidente del gobierno, se desconoce a falta de aclaración por parte de la vicepresidenta si en el papel de Pedro Sánchez, para informar a los españoles que seguirán pagando el injusto impuesto de Actos Jurídicos Documentados. Un saqueo aprobado en su día por el PSOE en favor de las élites extractivas de las Comunidades Autónomas. De Andalucía a Galicia. Si quieren solucionar el lío, lo tienen fácil: deróguese.

Por cierto, de paso el presidente le pegaba una soplamocos antológico al Banco de España, demasiado capitalista para él, anunciando la creación de una Autoridad Independiente. Algo que suena a Ministerio de la Verdad de Orwell. Podrían poner al frente al Facuo, comentan en los pasillos los maledicentes, que a estas alturas ya son legión. Por decreto, claro.

Se trata de un expolio casi único en Europa, al menos por la cantidad requisada que los españoles pagan sin rechistar: no existe en países como Gran Bretaña, Alemania u Holanda y es mucho, pero mucho más, reducido en Francia o Italia. En nuestro entorno la propiedad privada, base y conditio sine qua non de la libertad y por ende de la democracia, se respeta mucho más.

El presidente explicaba ante los medios que su gobierno, transmutado en morado gobierno “de la gente”, iba a hacer pagar a los ricos. A la banca. Ya se sabe, los malvados habituales contra los que se puede cargar, con perdón del PP, con ocasión o sin ella. Aunque sean las cajas de ahorros, gestionadas por políticos y con criterio político, las que hayan tenido que ser rescatadas. Caída del IBEX. Los mismos que quisieron echar al gobierno del PP.

A Podemos la decisión presidencial, que se concretará, o no, mañana en el Consejo de Ministros, le ha sabido a poco, pese a que en Aragón, feudo de Pablo Echenique, pidieron encarecerlo en más de un 50%, como de hecho se hizo. Da lo mismo. Es la demagogia populista. En Podemos no están dispuestos a renunciar a la agitación callejera, típica estrategia de captación de voto de la extrema izquierda de cara a las elecciones municipales de mayo de 2019. Recuerda al 15-M, que fue un movimiento apoyado por la derecha tonta y la izquierda lista, fagocitado por el embrión de lo que luego sería Podemos. No lo digo yo, lo tiene puesto por escrito el inefable Iñigo Errejón, casi único defensor a nivel mundial de los atroces crímenes perpetrados contra los venezolanos por Nicolás Maduro.

El liberal PP de Casado,por su parte, ha reaccionado en consonancia con su prometida y reaganiana revolución fiscal: propone la supresión de dicho impuesto y se compromete a su derogación, que para eso Montoro apenas es ya una sombra de lo que fue, caso de llegar al gobierno. Tendrá que negociarlo con un timorato Ciudadanos, el partido en el que Ignacio Aguado concurrió a las elecciones madrileñas pidiendo volver a imponer en Madrid el impuesto de Sucesiones que hoy Rivera propone derogar en toda España. No saben lo que quieren.  Por si acaso, Toni Roldán ya ha avisado: ellos también están con “la gente” y por eso les parece un disparate que el impuesto no lo pague “la banca”. Discurso morado disfrazado de naranja. Es lo que hay.

Mientras tanto, saquen sus carteras. Cuando los políticos afirman hacer las cosas “por la gente” es lo toca: pagar.

Hobbits, vulcanianos y hooligans contra la democracia

Está de moda entre círculo liberales negar eso de que la democracia es la menos mala de las formas de gobierno. Un ejemplo de ello es el libro de Jason Brennan, «Contra la democracia», que defiende un sistema aristocrático. Nada novedoso. De fondo se encuentra el desconocimiento y desprecio hacia la ciencia política. Lo hemos analizado Jorge Vilches y servidora, con sentido del humor, en LA RAZÓN (aquí podéis leer algo más acerca del tema)

 

Análisis del online de los tres principales candidatos al #CongresoPP

El 5 de julio se sabrá quién pasará a la segunda vuelta,  si la hay, del Congreso del PP. Pero hoy ya se puede afirmar sin duda alguna quién ha entendido y quién no las redes sociales. Algo que, como me han oído decir quienes frecuentan mis charlas, no tiene que ver tanto con la edad como con la apertura mental. Y es que el Congreso del PP está poniendo de manifiesto, en mi opinión, tres cuestiones interesantes:

    • El alejamiento de la calle de algunas oligocracias de partido. No escuchan y siguen con los viejos métodos ignorando que la sociedad ha cambiado
    • El alejamiento de algunos periodistas y medios de comunicación del periodismo y del análisis serio. Se limitan a publicar los deseos de su preferido. Por eso afirmaban en su día que Susana Díaz iba a ganar y por eso hoy hacen recuento de ex ministros, obviando que el voto de Montoro vale lo mismo que el de JosPastrana (quien encima, influye mucho más que Montoro en los afiliados)
    • Los cambios que se han producido con la irrupción de las aplicaciones sociales y la comunicación multidireccional (en realidad esto es un resumen del por qué los dos puntos anteriores)

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El penúltimo error de los grandes editores

 

Cuenta Fernando Botella en «Bienvenidos a la revolución 4.0» que la revolución tecnológica es una revolución cultural de primera magnitud. Un cambio que afecta a los liderazgos en las empresas (olvídense de los jefes autoritarios y las organizaciones altamente jerarquizadas). Que se llevará por delante a quienes no se adapten. El hombre de la revolución 4.0, el nuevo mono que vendrá a sustituir al mono sapiens, es humilde, empático, creativo, disruptivo y se cuestiona continuamente el statu quo. Porque es innovador. Algo similar a lo que relata Tim O’Reilly en «La economía WTF». Y las empresas modernas, los «unicornios» (parecían inviables, como Amazon, Uber o AliBaba y se están comiendo el mundo), premian eso: el pensamiento creativo, el poner en cuestión todo, el pensamiento lateral disruptivo.

Pues bien, leyendo hoy Vozpópuli, no se puede obviar que hay aún demasiado mono antiguo, demasiado ludita, que trata, como ha sucedido siempre a lo largo de la historia con las grandes transformaciones, de parar el progreso para mantener sus viejas costumbres.

Todos sabemos que las grandes editoras están en recesión. En este blog he escrito acerca de ello. La caída es inexorable por diversos factores. Pero ahora, ellos mismos, de la mano de los políticos, van a acelerar su desaparición.  La por burocrática y oligárquica cuestionada Unión Europea acaba de aprobar la llamada «Tasa PRISA«. Para entenderrnos: nos quieren cobrar por compartir los enlaces a sus noticias. O sea, por enlazar, por ejemplo a ElPaís.com. Seguro que hoy los mono sapiens lo celebran.

Lo que no se dan cuenta es cómo vamos a reaccionar los que estamos ya en la nueva era y nos hemos adaptado a la transformación: dejaremos de compartir sus enlaces y sus digitales se hundirán. ¿Alguien se apuesta conmigo café y pincho de tortilla?

Los pagos por ESE contenido no funcionan ni funcionarán jamás. Para que funcione me tienen que ofrecer un Netflix o un AmazonPrime. Y va a ser que no es eso. Que está muy bien eso de decir que «por la información de calidad hay que pagar», y es verdad. Pero el debate está en el término «calidad». Y la mentalida antigua de marcarnos a los lectores lo que lo es y lo que no lleva y llevará irremediablemente al fracaso. Por cierto, ¿os he contado que estoy enganchada a la serie «Gotham» de Netflix? 😉

Los de PRISA y demás han hecho lo que comúnmente se llama un pan como unas tortas. Los reaccionarios luditas perdieron la batalla. Como la perderán ellos. La solución es sencilla: adaptarse. Ay amigo, pero eso supone ser humilde y salir de la zona de confort. Demasiado.

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Arranque de campaña de #CongresoPP

Para comunicar… hay que tener algo que decir. Esta frase, que podría percibirse como una obviedad resume, sin embargo, buena parte de los problemas de comunicación de las organizaciones y partidos políticos. Y es que el conocimiento y los principios no pueden suplirse con propaganda. Menos en la época de la comunicación multidireccional, la de las aplicaciones sociales, donde lo que se entablan son conversaciones. No creo en los prosumidores, entre cuyos defensores suele haber mucho charlatán con ínfulas; sí en que hay que tener un gran conocimiento de la organización o partido y sus principios antes de saltar a la piscina de la comunicación. El arte de la comunicación es el arte del estudio constante. No se puede comunicar en política sin conocimientos… de política. Plataformas como Netflix son la vía de escape de quienes no soportan la nada con gaseosa en forma de tertulia televisiva o radiofónica. ¿Sabían que los temas políticos no son para nada los más leídos en la prensa nacional que, sin embargo, se empeña en saturarnos con ellos en lugar de reflexionar acerca del por qué?

Estos días, y a cuenta del Congreso del PP que se celebrará los próximos 20 y 21 de julio, se está poniendo de manifiesto, cierta falta de comprensión de los cambios que ya se han producido en la sociedad.  Vamos con los 3 principales candidatos, no por orden de preferencia ni importancia: Sigue leyendo «Arranque de campaña de #CongresoPP»